La joven demoró varios segundos hasta explotar en llanto. “Ya está, terminó todo”, le dijeron el fiscal Carlos Sale y su madre para que se diera cuenta de que su pesadilla terminaba ahí. Sentada en una silla, abrazada por sus familiares, ella sintió que la condena judicial en contra de su violador, el padre, era la puerta para iniciar una nueva vida.
“Esperaba que se haga justicia. Quiero que no salga más de la cárcel. Nunca se arrepintió de todas las cosas que me ha hecho”, expresó. Unos minutos antes, la Sala I en lo Penal, por unanimidad, había condenado a N. G. J. a 16 años de prisión, al ser considerado autor responsable de abuso sexual con acceso carnal, agravado por ser ascendiente (progenitor). El fiscal de Cámara había solicitado 20 años de prisión (sanción máxima).
“Muchas veces quise matarme porque no podía seguir con ese dolor adentro. Porque no se puede vivir con ese daño, las imágenes que siguen (en la mente). Pero uno trata de no pensar y dejar atrás todo ese dolor para poder seguir adelante. Y pude”, remarcó.
El sufrimiento de la joven, hoy de 27 años, comenzó cuando tenía entre tres y cuatro años, según sus duros (y frágiles) recuerdos. El padre la violó y la torturó hasta los 15 años en un departamento de la capital. Como si esa vulnerabilidad fuera poca, también golpeaba y martirizaba a la madre y a los hermanos (son ocho, en total). “A mí me decía cosas feas. Si tardaba en llegar de la escuela, me agarraba a latigazos. Pensaba que me había ido con alguien. Pero yo no era así. Era inocente, no tenía maldad y no sabía lo que era la calle. En el juicio dijeron que yo lo había denunciado porque quería salir a la calle. Nunca tuve esa idea”, remarcó.
De acuerdo a la imputación, N. G. J. había abusado de su hija en varias oportunidades desde 1997. Los ataques sexuales se habrían iniciado con tocamiento. El 13 de noviembre de 2007, la atacó en su habitación matrimonial, hecho que fue denunciado días después por la maestra de 9° año. Fue la primera vez que ella contaba lo que estaba padeciendo.
“Ya no podía sostener todo esto. Estaba muy deprimida, triste y ya no estudiaba. Era una chica a la que le gustaba estudiar y estar en la escuela, porque así me podía escapar de la casa”, contó. “También padecí bulimia; era la forma de desquitarme de todas esas cosas. Después pude salir (por la enfermedad)”, contó.
Según rememoró, la profesora de la escuela “la había visto mal” y, por ello, le había pedido a su amiga que le preguntara qué estaba pasando. “No le quería decir nada a mi amiga, hasta que me llevó hasta el baño. Ahí, me abrazó y comencé a contarle. Luego, la escuela hizo todo el procedimiento oficial. A los días, citaron a mi mamá y le dijeron qué me había pasado”, comentó.
Departamento del horror
El abusador, de acuerdo a las descripciones de los integrantes del hogar, “manejaba la casa” y “se hacía lo que ordenaba y quería”. “Cuando mi mamá se iba, él me iba a buscar a la pieza y me llevaba arrastrando, además de todas las torturas que me hacía cuando abusaba de mí”. N. G. J. llegó a tapar con cinta la boca de su hija para violarla adentro de la vivienda.
“Hablé con mi madre después de que se enterara en la escuela de lo que estaba sucediendo. Pero luego no pude hablar con nadie; me sentía sola, triste y deprimida. Lloraba todo el tiempo y estaba más flaca: ya no comía”, señaló.
Durante la instrucción, la madre de la joven fue imputada por encubrimiento, aunque la causa prescribió años atrás. La mujer había obligado a la víctima a escribir una carta dirigida al Juzgado de Instrucción I declarando que el acusado era inocente. Durante el juicio, quedó en claro que la madre había actuado de esa manera bajo amenazas de muerte. “Me decían que nos iban a meter un tiro a mí y a mi hija si mi pareja iba a la cárcel”, dijo la madre.
En su fallo, el Tribunal no hizo lugar al pedido del fiscal Sale de disponer la prisión preventiva. Así, el abusador ingresará a la cárcel una vez que la sentencia quede firme. Se debe presentar cada 15 días para firmar actas de presencia.
Violencia
“El miedo no deja hablar”
“Él (por N. G. J.) abusaba de ella cuando me mandaba a hacer trámites u otras cosas. Yo no sabía y la tenía amenazada de hacerle algo a ella, a sus hermanos o a mí si contaba lo que le hacía”, expresó la madre, tras conocer el fallo de la Sala I. “Yo y mis hijos le teníamos mucho miedo. Nos pegaba con un látigo, parecido al que usan con los caballos: un palo, una cadena y la tira de cuero. Todavía tenemos las marcas. A mi hijo bebé le desfiguraba la cara a piñas. Yo lo miraba y temblaba”, añadió. La mujer relató que “nadie iba a la casa, porque a mi marido no lo querían”.
“No estamos unidos ahora. Mis hijos han arrastrado los golpes, que han afectado a sus conductas. Esta condena significa un alivio. Es justicia por cada golpe y el maltrato hacia mis hijos”. La madre padeció 19 años de violencia. “A nadie le podía pedir ayuda. El miedo no deja hablar”, finalizó.